San Pedro Sula, Honduras
junio 12, 2021 5:15 AM

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CLIMA SAN PEDRO SULA

MATALASCALLANDO: Cartas vienen, cartas van

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Ing. Carlos Mata
cmata777@hotmail.com

“Tengo tu nombre tatuado en mi corazón, tu voz grabada en mi mente, tu olor en mi memoria y tu sonrisa en mi recuerdo”. Recogido de una carta de amor que escribí hace cuarenta años.

En los años ochenta, cuando ya me sentía “todopoderoso” por la arrogancia que da la juventud, sumado con la inmadurez, decidí abrir un apartado postal donde me llegaban cartas a cada rato de cursos de “Cómo ser Detective”, bien embaladas con siluetas de un famoso espía inglés. Los cursos me los ofrecían con cintas grabadas de casetes y recomendaciones de películas de estreno en el cine para ir agarrando cancha y estilo, con módicos pagos de 18 lempiras mensuales durante dos años, ininterrumpidamente y puntual, si no, no me graduaría y mis aspiraciones eran, por lo menos, ser jefe de la posta de mi barrio para meter al bote a “Pelo de Puerco Espín”, que me había rebotado una novia chelita y flaquita que, aún hoy, ya siendo yo un viejón otoñal, la recuerdo con gran devoción y respeto.

También me llegaban cartas ofreciéndome terrenos en el cementerio pagando seis lempiras a la semana (muy caros), cocteleras para fiestas, calcetas para el frío (todavía hacía frío en San Pedro Sula en esos años), boletos de media paga, pero acompañado, para ver la Guerra de las Galaxias, juegos de tocador de caballero con agua de Florida y tricófero incluidos, y así, una barbaridad de cosas. En otra ocasión me ofrecieron un curioso aparato de armar –tipo Transformers- que servía de estufa, máquina de afeitar, mesita para comer y bacinica, para pacientes de enamoramiento precoz. Claro, yo no era de esos, ya fui tardío por no ser tan agraciado y además corto de palabra, pero al menos llegué.

Una vez me llegó una carta de remitente de nombre von Frankenstein, pero el problema se debió a que don Rufino, aparte que era el chofer del correo, le gustaba la caña y para rematar era bizco y metía cartas en casilleros equivocados. Esa vez me sorprendí de las andanzas del vecino. Le ofrecían sorteos hasta de Arabia Saudita con lotes de camellos y hasta la rifa de un harén de 40 vírgenes doncellas. Increíble pero cierto. Al verse descubierto por haberle devuelto su carta ya abierta y releída, el aludido entregó también mi número de casilla y también comenzó el diluvio de ofertas que él también recibía, ¡hasta de hierba mala de Jamaica! No niego que me sentí tentado, pero decidí que no, pues tenía miedo del DIN y la leyenda del famoso garrobo que hicieron confesar.

Cierto día recibí una de “Aprenda inglés en tres semanas” cuando ellos, obviamente, no sabían que fui aventajado alumno de la Academia de Idiomas James, en el Pasaje Valle. Allí nos obligaban a cantar “Bohemian Rhapsody”, de Queen, todos los días, para agarrar acento (pero por la primera línea traducida de esa canción deduje que era una manera de cobrar las mensualidades “I’ve paid my dues”, o sea “pagué mis cuentas”) y nos obligaban a pedir permiso en inglés hasta para ir al baño y de remate la novia que tuve, y que me quitó el odiado Puerco Espín, era de ascendencia beliceña, por ella aprendí a decir “I love you” estilo Clark Gable, solo a manera de aclaración.

Al final, después de tanto papel acumulado en casa, mejor lo utilicé para encender un fogón para asar carne e invité a mi vecino de casillero para hablar del tal Frankenstein y ver las fotos de mi chelita flaquita de ascendencia beliceña.

 

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