San Pedro Sula, Honduras
julio 30, 2021 7:33 PM

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CLIMA SAN PEDRO SULA

EL UNICORNIO IDEOLÓGICO: La crítica auténtica fortalece la democracia

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Héctor A. Martínez
sabandres47@yahoo.com

Antes del 28 de junio del 2009, en Honduras, a nadie le interesaba mucho la política, ni nadie reparaba en el comportamiento de los gobernantes cuando metían la pata en sus decisiones. La crítica social no ha sido nuestro fuerte, como ocurre en Sudamérica o en México donde la gente posee un mejor nivel educativo, y reta a los gobiernos y a los servidores públicos a enderezar los entuertos cometidos.

Hasta antes de esa fecha, los procesos electorales y los actos de los gobernantes rara vez pasaron por el tamiz del examen público. La puesta en marcha de la maquinaria electoral -cuando el poder no estaba ejercido por los militares-, discurría normalmente, sin pena y sin gloria.

Desde los años 50 del siglo pasado, los actos de corrupción política se mantenían encubiertos. De hecho, los corruptos en el Estado vivieron sus días más felices, y, aunque muchos fueron testigos de los desmanes, o sabían de oídas sobre las irregularidades institucionales, preferían callar y santificarse para no perder la amistad de los delincuentes con los que compartían nexos de todo género: desde el café de la mañana, hasta el banquillo en el Congreso. Pareciera que el pensamiento que prevalecía en aquel entonces era, “Nadie sabe las vueltas de la vida”. O quizás este otro más utilitario: “Hoy por ti, mañana por mí”.

Si bien las comunicaciones globales, que hacen posible que las noticias puedan ser compartidas por millones en cuestión de minutos, han jugado un papel esencial en las manifestaciones públicas en varios lugares alrededor del mundo, en Honduras, no han surtido el efecto deseado. Las demandas ciudadanas contra la corrupción se fueron apagando de a poco, y muchos creyeron que, si congestionaban de “fake news” las redes sociales podrían movilizar a las masas para poner en jaque al poder. Pero nada de eso pasó. Desde las teclas del móvil, la crítica se ha vuelto una práctica inconsistente de bajísimo efecto conspirativo, y sus autores, desde los escondrijos del anonimato, no han podido plantear un argumento serio que pueda ser tomado en cuenta como propuesta política.

Como debate formal y serio, la crítica opositora no cumple los requisitos debido a dos razones bien evidentes: la primera es que, cuando los críticos esperan alguna retribución del poder, no es posible tocar los asuntos éticos con profundidad arqueológica. Al contrario: el analista recurre al zigzagueo discursivo en cualquier foro donde tenga la oportunidad de manifestar un juicio crítico. El zigzagueo no es más que una tibia posición que toca un tema de una manera superficial, pero, en el fondo, sus autores se desmarcan de la esencia del problema para no “quemarse” políticamente hablando. La segunda sucede cuando el fanatismo obnubila el sentido de la crítica constructiva -lo cual es típico de algunos medios de comunicación alternativa-, que caen en el error de mezclar la emotividad con la ideología. El resultado es la consigna que sustituye a la reflexión, que es el punto de partida de donde surgen los malos liderazgos que desorientan a la opinión pública.

En esencia, nos hace falta mucho trecho por recorrer para forjar una verdadera cultura del debate público y una denuncia permanente sobre los actos de corrupción en el Estado, factores esenciales para construir una auténtica democracia. Pero, la crítica debe hacerse con responsabilidad y con conocimiento de causa, de lo contrario, se puede caer en el fanatismo díscolo e infamante, propio de los anarquistas de las redes sociales. El debate crítico que roza la verdad crea los espacios públicos que las redes sociales jamás podrán instaurar, y su permanencia debe institucionalizarse en todos los medios posibles, sobre todo en este momento, cuando la democracia está sufriendo la peor de las conspiraciones de su historia bajo los signos aciagos del autoritarismo.

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