San Pedro Sula, Honduras
diciembre 3, 2020 1:59 AM

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CLIMA SAN PEDRO SULA

EL UNICORNIO IDEOLÓGICO: No importa quién sea

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Héctor A. Martínez
sabandres47@yahoo.com 

Tremendo revuelo ha causado el nombramiento de un excantante de reguetón para ocupar la dirección de una cartera ministerial de mediana categoría en el Gobierno. Tras la aparición de la noticia, la gente comenzó a cuestionar la decisión a través de los diferentes medios, alegando que el nuevo ministro no posee la experiencia ni los créditos universitarios que se requieren para ejercer un puesto que se comunica directamente con el Ejecutivo.

Vale la pena decir un par de cosas al respecto: en principio, la controversia no es nada nueva. Entre los antiguos griegos la discusión se centraba en si el político debía ser un sabio al estilo de los filósofos que recomendaba Platón, o un ciudadano cualquiera, pero con intenciones para resolver los asuntos más sensibles de las “polis”. Era el famoso “phrónimos”. Es como diríamos hoy en día: o un académico especializado, o un lego conocedor de los embrollos del Estado, pero que ha escalado todos los peldaños del partido hasta alcanzar la cúspide del poder.

En la política latinoamericana no resulta nada extraño que los gabinetes y puestos de alta decisión sean ocupados por personajes allegados al círculo máximo del gobierno, que esperan una retribución “por su amor hacia el partido”. Se trata de una especie de tasa de retorno por el tiempo, dinero y esfuerzo invertidos durante las campañas electorales. Una vez puestos en el poder, el partido ganador retribuirá al “compañero de mil batallas” con una gerencia, una dirección o un ministerio, dependiendo de la magnitud de la inversión. Es lo que normalmente se conoce como “compadrazgo” o “amiguismo” político, una vieja y tradicional costumbre en América Latina que, lejos de desaparecer, se va acentuando cada vez más, principalmente porque la mayoría de las carteras ministeriales -por no decir todas-, ya no tienen el protagonismo social del pasado, y se han convertido en improductivos centros de costos de difícil sostenimiento. Y si ya no poseen la importancia del pasado, es normal que los puestos colocados en el “top” del organigrama los ocupen personas sin experiencia y sin requisitos académicos de alto nivel. ¿Qué más da?

De hecho, los Estados y los gobiernos han perdido protagonismo en el nuevo orden mundial -como bien dice Bauman y Bordoni en “El Estado líquido”-, porque no se han adaptado a las profundas transformaciones que sufren los mercados globales. En un mundo hiperconectado, el poder político lo manejan las grandes corporaciones y los entes financieros, y no los gobiernos nacionales. Es imaginable y de sentido común, deducir que los ministerios están sufriendo la misma desvalorización funcional.

Además, como todos sabemos, los gerentes en el Estado no deciden: obedecen. Nadie puede mover un dedo mientras las instrucciones no provengan de arriba. Las funciones se limitan a administrar el presupuesto y los recursos humanos, pero es imposible rediseñar procesos o aplicar mejoras sustanciales. Eso no está escrito en el libreto burocrático. La acinesia institucional es notoria porque cada paso está rigurosamente escrito en los procedimientos, que, a su vez, se encuentran custodiados por férreas políticas que determinan quién puede y quién no. Así funciona la famosa burocracia a la que aludía Max Weber en sus escritos sobre el Estado moderno.

En conclusión, no debemos preocuparnos por quién debería ocupar los escritorios de ministerios y puestos institucionales de alto nivel en el Estado. Basta con que la persona tenga la voluntad de servir y que mantenga la lealtad hacia el partido y hacia sus protectores políticos. Y, aunque su cargo brille refulgente en la estructura ministerial, nadie podrá exigirle resultados más allá del compromiso adquirido y de los límites que pueda otorgarle un presupuesto cada vez más reducido.

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