San Pedro Sula, Honduras
octubre 20, 2020 12:04 AM

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CLIMA SAN PEDRO SULA

MATALASCALLANDO: Dichoso el catracho, lechero y muy macho

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“Los hombre jóvenes quieren ser fieles y no lo consiguen; los hombres viejos quieren ser infieles y no lo logran”. Oscar Wilde.

Ing. Carlos Mata
cmata777@hotmail.com 

El que nació arropa­do o envuelto en gé­nero, dentro de es­tos 112 mil y pico de kilómetros cuadrados no puede más que sentirse orgulloso de lo que irá aprendiendo, a punta de tropiezo, patada y mordida. Así es, y así fue la vida de nues­tro amigo, el maestro López, hi­jo del talabartero de la Bográn y de doña Betty, la tortillera.

Resulta que, desde muy jo­ven, el maestro López ha tenido, digamos, mucha aceptación en­tre el sexo opuesto y desde muy pequeño ya lo habían marcado las potenciales suegras del ba­rrio, tal como se marca el gana­do vacuno, pero quizá ellas lo idealizaban como ganado equi­no. Doña Meches (la del viejo grandulón de don Macario, ho­norable y permanente portaes­tandarte de la feria Juniana en su barrio) estaba fascinada con que cualquiera de sus hijas le diera descendientes con aquel espécimen como sacado de un cuento de hadas. Hasta sería ca­paz –pensaba ella- de prestár­selas sin honrarlas, con tal me deje una marimba de mocosos, “incluso yo me sacrifico y se lo endoso a Macario” –decía la do­ña-.

Ante la bulla del barrio con aquel cipote de ojos claros, con signos de ligero estrabismo, fue mandado a estudiar a la escue­la de agricultura que quedaba en Santa Bárbara, y allí quedó prendido de las rubias de San Luis y de la mera cabecera. Por supuesto que se hizo de amigos y se lo engancharon a trasladar­se a Olancho, porque allá esta­ban los mayores potentados y terratenientes del país y le pres­tarían hasta un tractor para ir a hacer mandados.

Estando en las pampas, em­pezó a trabajar duro y pues, co­mo era lógico, empezó a levan­tar polvo entre las muchachas y hasta las doñas de los pueblos donde se oía que andaba. Te­nía ya la fama de leyenda como una estrella de música de ban­da norteña y no era para menos. Resulta que conoció a doña Lo­la, mujer ya madura entrando a los 51 años, pero por demás muy elegante e inteligente. Ella sa­bría cómo engatusarlo a pesar de lo enojón del marido, don Crispín… ya ustedes saben có­mo son los de allá…

Cierto día lo invitaron al Festival del Vino de Coyol, en Santa María del Real, y queda­ron de verse (nuestra estrella de rock y doña Lola, claro) cer­ca de donde estaban los tron­cos de las palmeras traídas des­de Las Tapias, cerca de la Cue­va del Duende, por la bodega del encargado de las pajillas de bambú, a la par de la Casa de la Cultura, cerca de la recién in­augurada plaza central. Allí se iban a decir las verdades. Nues­tro amigo López haría lo posi­ble por acercarse lo más posi­ble al fogón, pues sentía hasta escalofríos.

Antes de la hora conveni­da, a López lo llevaron al catado de los vinos que yacían empoza­dos en los troncos y se puso un poquito espirituoso. Se acordó de lo empautado, salió corrien­do dando dos o tres tropiezos y al ver a la doñita, que le hacía cambio de luces con los parpa­dos a la velocidad del aleteo de un colibrí, se recordó de Len­cha, la de unas comedias mexi­canas, de tan encoyolado que estaba, pegó un frenazo, como que oyó la voz de la Inmaculada Candelaria y salió despavorido y decidió retirarse al convento franciscano de San Serafín, en Comayagua. Nunca más se vol­vió a saber de López.

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