San Pedro Sula, Honduras
octubre 19, 2020 11:52 PM

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CLIMA SAN PEDRO SULA

LETRAS LIBERTARIAS: Un recuerdo de la Guerra Fría

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Héctor A. Martínez
sabandres47@yahoo.com 

Tomá para que te desaburguesés”, me di­jo una activista del FES, entregándome “Las ve­nas abiertas de América Latina”. Ese día vestía yo una camisa ama­rilla con el logotipo de “Chiquita Banana”, obsequio de uno de mis hermanos que, al igual que mi pa­dre, trabajaron durante muchos años en la Tela Railroad Com­pany en La Lima. La chica, vien­do fijamente el “símbolo del im­perialismo” en mi camisa, me dio una palmadita en el hombro co­mo diciendo: “Pobre muchacho alienado” y con la misma, se su­bió al bus de la “San Jorge” rum­bo hacia no sé qué sector de la populosa capital.

Este muchacho alienado se fue a refugiar a la Catedral San Miguel Arcángel para huir del bullicio de vendedores gritones con sus chillantes “¡Lleve case­tes, lleve Sony!” y de los cláxones ensordecedores de buses y taxis. En las plazas centrales de casi to­da América Latina, cualquiera se revienta con esos estrépitos típi­cos del paisaje tercermundista. Al salir del relax religioso, con el subversivo obsequio bajo el brazo, me dirigí a lo de “Chin­da Díaz” para comprarme dos “borrachos”, unos empalagosos panes como de tres mil calorías por gramo, pero baratos si con­sideramos los escuálidos bolsi­llos de un estudiante universi­tario en los 80. Me fui directo a la casa de German, situada atrás del San Felipe donde alquilaba una habitación. German era un líder de la izquierda universita­ria muy parecido al comandante “Marcos” -pero sin pipa-, quien, pese a mis ideas derechistas, se conmovió cuando le confesé que no tenía dónde alojarme ese se­mestre por haber llegado tar­de a los cursos. Solidario, como eran los izquierdistas de antes, me propuso que me fuese a vi­vir a su comodísima casa bajo la condición de no acercarme a las reuniones de su “círculo de es­tudio” como le llamaban, y para no escuchar los objetivos “estra­tégicos” del frente que, en reali­dad, eran ideas disparatadas so­bre cómo ganar ingenuos en las facultades.

Concordamos en un pago mensual que nunca le entregué ni puntual ni completo, porque decía que él no era ningún usu­rero capitalista, pero que le invi­tase a almorzar de vez en cuan­do, y que le hiciera compañía pa­ra tener con quién charlar. So­lo que, para German, la compa­ñía significaba compartir el pe­ligro. Su casa fue visitada varias veces por los cuerpos de seguri­dad del Estado buscando mate­rial subversivo o algo parecido a las armas, me imagino, porque una vez se llevaron la utilería de la cocina y mi libro de Ecología de Odum, que hasta hoy día, no sé para qué diablos lo querrían. Una tarde, me encontraba so­lo en casa cuando escuché rui­dos en la planta baja. Lo que en­contré me puso los pelos de pun­ta: y he ahí que puertas y ven­tanas habían sido violentadas y las pertenencias de cada uno de nosotros se encontraban es­parcidas por todo el piso. Co­mo siempre, corrimos a poner la denuncia al DIN una verda­dera guarida de forajidos auto­rizados por el Estado para matar sin indagar, ubicado en el barrio Los Dolores, pero nadie nos hi­zo caso. Nos devolvimos sabien­do que así funcionaban las cosas por aquellos oscuros días de la Guerra Fría.

La última e infructuosa vez que anduvimos de quejosos en la DNI German me dijo frater­nalmente: “Mirá: mejor andate a vivir a otro lado, aquí te van a joder de gratis”. A la semana si­guiente nos despedimos con un fuerte abrazo. El “otro lado” fue un apartamentito enfrente de una franquicia norteamerica­na de donas que disfrutaba cada mañana con un buen café. La ve­cindad era muy tranquila, y, pe­se a las circunstancias políticas, solo tenía que cuidarme de los rateros y de no quedarme sin un centavo al final del mes. Fue el mismo año en que Roberto Sua­zo Córdoba ganó las elecciones.

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