POLÍTICAS DE ESTADO Y EL ESTADO DE LA POLÍTICA

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Esa estructura sobre la cual se sostienen los paradigmas para la toma de decisiones, esa mega estructura sobre la que yace la formulación de plantea­mientos y soluciones a manera de vi­talis materia, siendo el caldo de culti­vo para los nutrientes necesarios en el hallazgo de las maneras de ejercer el bien común. Un tanto burdo el con­cepto anteriormente expuesto pode­mos ver que de eso se trata, las políti­cas de Estado son en una democracia un tanto discutibles ya que en la polí­tica cotidiana se demandan cada vez con mayor frecuencia políticas de Es­tado; sin embargo, en la mayoría de los casos, lo que en realidad se recla­ma es la presencia del Estado a través de políticas; lo que sin duda no nece­sariamente es lo mismo. Es decir, lo que fundamentalmente se les pide a los gobiernos es que ejerzan su fun­ción por políticas, aunque no todas finalmente terminen convirtiéndose en políticas de Estado. Gobernar es, en este sentido, generar políticas, llá­mense simplemente “políticas”, “po­líticas públicas”, “políticas estatales” o “políticas de gobierno”; en princi­pio, se trata de políticas de carácter más inmediato y coyuntural, relacio­nadas con una gestión gubernamen­tal particular.

También dentro de este marco re­ferencial, donde el Estado tiende a in­gresar en todas las esferas de la vida cotidiana, conocidas o definidas co­mo capital social, entendiéndolo co­mo las reglas, normas, obligaciones, reciprocidad y confianza incrustadas en las relaciones sociales, en las es­tructuras sociales y en la instituciona­lidad de la sociedad, las cuales permi­ten a sus miembros alcanzar sus obje­tivos individuales y colectivos comu­nes. Algunos planteamientos estable­cen que es lo mejor y saludable para un pueblo. Sin embargo, podemos di­sentir de ello, ya que en la práctica e historia se ha demostrado que entre más entra el Estado incluso hasta de una manera policial, es peor el resul­tado. El Estado es un pésimo adminis­trador, no genera riqueza y consume la poca o mucha que pueda crearse.

Partiendo de la última premisa, donde hemos detectado la pésima costumbre de la injerencia del Estado en la vida y empresa privada, donde las únicas regulaciones estrictas de­ben ser el debido cumplimiento de las leyes y el fomento de la prosperidad con todas sus variables. Aquí es don­de nace la vuelta de la moneda, donde podemos colegir el estado de la polí­tica en Honduras. Nuestra clase polí­tica ha sido de manera constante ca­rente de datos y poco instruida. Bas­ta con un pequeño perfil de cacicaz­go en las zonas de donde se vive o se proviene para decir que es un “fenó­meno político”. Al girar esa moneda nos llevamos grandes sorpresas y de­cepciones porque ese liderazgo que se requiere en estos tiempos, aparte de una honradez acrisolada, con arraigo y respeto a sus propios progenitores, con conductas decorosas, también se necesitan políticos con visión de can­cha, que pueden ver los negros nuba­rrones más allá del horizonte o suge­rir un buen provenir sentando las ba­ses para la felicidad del pueblo. Prime­ro hay que entender, conocer, leer a los grandes pensadores, dejar de lado el populismo maldito y galopante que ha sumido por siglos a Latinoamérica en un sitial que no merece. Honduras también merece lo mejor y desde es­te momento ya estamos observando los movimientos de éstos para saber más o menos cómo irán las cosas en un plazo corto o mediano.

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