San Pedro Sula, Honduras
junio 12, 2021 6:26 AM

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CLIMA SAN PEDRO SULA

“Ignorancia, irresponsabilidad o estupidez”

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Creo fir­me­mente que un país sin leyes cier­tamente es un caos o una utopía, es de­cir, la fantasiosa isla de la perfección co­mo hace 500 años concibió Tomás Moro en su obra de largo título en latín; o un Estado con demasiadas reglas o normas, reflejan la condición y calidad de quienes la habitan. En el primer caso ilusorio se trata de ciudada­nos en el concepto pleno de lo que eso implica, y en el segundo ejem­plo y más real o práctico, el de sim­ples pernoctadores de un inmenso dormitorio al que llaman “el Esta­do”. En el caso anterior, ese Estado por el afán transgresor y consuetu­dinario de sus habitantes les impo­ne normas y reglamentos para san­cionar y castigar la falta de albedrío y discernimiento en respetar el de­recho ajeno. La cavilación anterior viene al caso tras un breve paseo -también transgresor, debo admi­tir- del sábado reciente. Deambu­laba por la “Ciudad del Adelanta­do” cuando observé a centenares, sino miles de atrasados desparra­mados unos y otros casi despata­rrados en plena vía pública e impú­dica. Ahí, la población dicharache­ra, ante del jolgorio y sin desparpa­jo celebraba no sé qué y se desbo­caba en una parranda vespertina. Era casi una feria pueblerina a la que solo le faltaban los tenderetes o “chinamos” de dulces o colacio­nes, y cóomo no, no las “chiviadas” alcahueteadas por las autoridades, promovidas y compradas por ta­húres y sufridas por “lelos” y lu­dópatas o adictos a las apuestas. Se trataba del mercado persa en que han convertido las calles los mer­caderes de menjunjes, adivinos de la buena suerte y prestidigitadores de la mala muerte y expendedores de gel y artificios de todo tipo. Cer­ca, una turba de muchachos empa­rejados mientras sudorosos se ex­primían los cuerpos y los labios se apretujaban recios contra la malla ciclón de una cancha de fútbol con graderías también atestadas en pie una furibunda fanaticada, que cual final de copa del mundo se desga­ñitaba aupando a la oncena de sus amores. Con envidia por la añoran­za de mis años mozos observé pare­jas de “güirros” o cipotes apretuján­dose sin ningún pudor en pleno es­pacio público y eso no me pa­reció inmoral más bien bue­no, lo mortal y malo de todo aquel desen­freno parro­quial es que ca­si nadie de los feligreses llevaba la obligada mas­carilla, supuestamente protectora del mortal coronavirus. Pensé en­tonces que no tiene caso que el Go­bierno dilapide millones de lempi­ras en publicidad o demagogia pa­ra persuadir a millones de necios, que vivir vale la pena y que ante la agresividad de un virus mortal hay que protegerse con cosas tan elementales como lavarse bien las manos, evitar el contacto físico y por Dios ¡encasquetarse la bendi­ta mascarilla! Me recordé del gru­po venezolano “Los Guaraguao”, que en sus tonadas dice “pobreci­to mi país” y concluí que Hondu­ras no merece la calidad de habi­tantes que tiene, sin o con escasa ciudadanía. Indagué en relación a si somos o no un país de casi ru­pestres casi salvajes, ignorantes, irresponsables, necios o estúpi­dos, y la respuesta coincidente y tajante fue: todas las anteriores, y con tristeza rememoré al ca­si octogenario presidenciable de la televisión cuando con esa efu­sividad muy de suya exclama ¡co­rrecta la respuesta! Vino a mi me­moria un argumento que a algu­nos les incomoda y a otros ofen­de, pero con el que trato de enten­der la idiosincrasia o esa conduc­ta “yoqueperdista” del hondure­ño al que todo le resbala y todo le vale. Y es que, para mí, Honduras, una nación grande y rica no se me­rece la pequeñez y pobreza men­tal de sus habitantes y aunque no es un país de ignorantes sí es un Es­tado con una mayoría estúpida. Y argumento eso porque puedo en­tender que alguien por ignorar, es decir, no saber, falle o se equivo­que al no hacer lo adecuado y lo correcto, no obstante, esa misma condición de ignorar, de saber, le posibilita la oportunidad de apren­der y hacer lo legal y lo honesto. El otro, el estúpido, en tanto, no igno­ra, él sabe y, aun así, sabiendo, hace lo que le ronca su reverenda gana así sea contravenir el respeto y de­recho a los demás y hasta a su pro­pia vida. Dicho lo anterior prefiero la ignorancia a la estupidez.

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