San Pedro Sula, Honduras
enero 20, 2021 3:19 AM

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CLIMA SAN PEDRO SULA

La Ceiba despidió a su hijo predilecto; Los restos de “Macho” Figueroa ya descansan en paz

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LA CEIBA. Un mes y cuatro días después de haber fallecido, los restos mortales de José Roberto “Macho” Fi­gueroa ya descansan en La Ceiba. Ha sido una espera dura para sus familia­res quienes el domingo anterior reci­bieron el cadáver en el aeropuerto de San Pedro Sula.

En horas de la noche, centenares de ceibeños hicieron caso omiso al es­tado de sitio en el cual está el país a causa de la pandemia del Covid-19 y llegaron a darle el último adiós a una leyenda del fútbol nacional y el abra­zo de pésame a “Machito” su vásta­go del mismo nombre y su hija Ale­jandra, ambos abogados de profesión.

Llegó el grupo de apoyo de Ami­gos del Vida con una bandera del club ceibeño, también el alcalde quien en un homenaje póstumo lo decretó hijo predilecto de la ciudad y rato después se conectaron vía Zoom autoridades de la Fenafuth y compañeros de selec­ción de Figueroa, recordaron la son­risa que siempre desplegó en su ca­ra el goleador nacional y del Murcia.

Fue una noche en la que el cielo lloró, solidarizándose con el dolor de la familia futbolera en la ciudad y el día amaneció amargo y triste. Un ca­rro de los Bomberos de La Ceiba y el carro parlante de Joel Ramos llega­ron a la Funeraria minutos antes de las ocho de la mañana. Era el momen­to de la última vuelta del “Macho” por la ciudad.

El bombero encendió su sirena y la canción de Manuel Castillo Gi­rón, “Adelante selección, pongan ga­rra y corazón, entusiasmo y decisión” empezó a sonar en las calles de la ciu­dad, seguidamente se escuchaba “Vi­da Campeón, es el grito que repite la afición”, poco a poco, decenas de ca­rros con globos blancos, banderas de Honduras y del Vida se tomaron la principal avenida de la ciudad.

Era imposible no darse cuenta de lo que sucedía, la gente salía de sus ca­sas y trabajo a guardar un recuerdo de lo que pasaba, el último viaje del “Ma­cho” que luego pasó por barrio Inglés, el Paseo de los Ceibeños para después llegar al cementerio de barrio Mejía.

Dentro del camposanto la asisten­cia fue menos, pero los que se atrevie­ron a entrar no querían perderse el úl­timo adiós. Allí su hija leyó una emo­tiva carta que tocó el corazón de los presentes. Una carretada de aplausos sonó cuando el ataúd entró en su últi­ma morada mientras un centenar de globos blancos fue liberado en el cie­lo de La Ceiba y alguien enterneció el momento cuando dejó sonar en su te­léfono aquella canción de Tercer Cie­lo que dice: “Ya no llores por mí, yo estoy en un lugar lleno de luz, donde existe paz, donde no hay maldad, don­de puedo descansar”

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