Naturaleza muerta – El País

Naturaleza muerta

7 diciembre, 2019 | 4:10 am | Columnistas
Naturaleza muerta

Ernesto Alvarado Reina
Abogado y Notario
ernestoalvaradoreina@hotmail.com 

En Honduras, no podemos permitir la explotación irracional del bosque y de los demás recursos naturales. Una política de profunda transformación hay que aplicar en el extenso territorio hondureño bajo la generalización del espíritu democrático y la tenencia, posesión, ocupación, utilización, uso racional de las florestas y efectivo resguardo de las demás riquezas originarias.

Los incendios ocasionados en los bosques, dentro del entorno nacional, generan fatales consecuencias que necesariamente hay que impedir, mediante una inaplazable política de prevención.

La proporción de las quemas en los lugares cercanos a Tegucigalpa, capital de la República, y en otros sitios particulares, merece una intervención pertinente y firme de las autoridades especializadas en la protección de los bosques. Es un hecho indiscutible que ciertos de estos terrenos espesos e impenetrables, podrían ser de particulares; sin embargo, el imperio estatal faculta para imponer restricción oportuna los mismos, en defensa del agreste patrimonio nacional. La falta de agua es consecuencia de tan dañina situación.

Las frondosidades se caracterizan por ser terrenos de bastante extensión y poblados de árboles y matas que crecen y se desarrollan de manera espontánea. La mudanza de las condiciones sociales, culturales, educativas, económicas y otras de similar perspectiva, presentes en nuestra vida moderna, imponen la necesidad de renovar la legislación. El régimen estatutario no puede en forma alguna, considerarse como un conjunto de principios teóricos que se desarrollan con el rigor de un razonamiento lógico. La inspiración y flexibilidad al regir la conducta humana en acción propulsiva, estimula las reclamaciones justas, frenando el ardimiento del bosque.

Los principios cardinales de la organización social y forestal, se ve afectado por los cambios básicos experimentados en el mundo, modificando esquemas tradicionales y, por consiguiente, transferir un respeto secular o desenfrenado. La suprema autoridad del Estado hondureño es un atributo esencial que no puede ser compartido por otros debido a su calidad de ser una parte intrínseca o interior de carácter independiente.

El Estado ejerce su dominación y jurisdicción en el suelo, subsuelo de su territorio continental e insular, espacio aéreo, mar territorial, zona contigua, zona económica exclusiva y plataforma continental, sin desconocer los tratados y convenciones internacionales actualmente en vigor.

Nuestra nación ejerce dominación en su condición de ser una sociedad organizada, con su propia forma de Gobierno, dictando sus leyes, imponiendo su mando sin limitaciones en los ciento doce mil cuatrocientos noventa y dos kilómetros cuadrados (112,492.00) de extensión superficial. Si queremos contribuir a una mejor armonía humana y al interés general de la comunidad, hay que proyectar una nueva dimensión de ajustado y potente reflejo, mediante una satisfactoria política de participación popular, germinando con la verdadera protección de los bosques, al frenar la tala inmisericorde e irracional de ellos, y constreñir a los culpables de los incendios, castigándolos con el rigor de la ley, impidiendo al mismo tiempo, la apropiación ilegal de la madera, de los montes públicos y comunales, para mantener la salvaguarda de las cuencas, es decir, de las entradas productoras de agua.

El cambio climático se mejora de manera fundamental con el sostenimiento de las zonas boscosas y de las oquedades o lugares donde proviene el flujo de saturación natural.

El agua y correcto mantenimiento de las florestas son elementos esenciales en la supervivencia de los seres, constituyendo un deber cívico de la ciudadanía la contribución oportuna en su conservación.

La reforestación es una obligación determinante. Hay que terminar con la etapa de la naturaleza muerta.

Todo sea por la patria y la cultura.

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