Corrupción o el olvido total de la integridad – El País

Corrupción o el olvido total de la integridad

16 octubre, 2019 | 4:10 am | Columnistas
Corrupción o el olvido total de la integridad

Enrique Zaldívar
2050 Comunicaciones 

Los hábitos no se cambian. Se sustituyen. Así lo dice el gurú de liderazgo John C. Maxwell. Y es que a de­cir verdad la palabra corrupción e incluso “anticorrupción” se viene usando en nuestro país con fuerza los últimos años.

Todos queremos acabar la co­rrupción, cortando los corrup­tos. Pero ojo a lo que pedimos porque sin tener algo más gran­de que abrazar o una mejor idea para sustituir la corrupción, nun­ca podremos salir adelante. Y es­ta idea es la integridad.

Si se fija, hoy en día nos burla­mos de los íntegros. “Pareces que­dado” le decimos a alguien que no se atreve a pasar el semáforo en rojo. “Vos sí sos cuadrado”, le de­cimos a alguien que se rehúsa a meterse a una fila. “Es que sí sos lento vos”, a alguien que no apro­vechó un negocio sucio bajo la mesa. “El mundo es de los que lo aprovechan”, nos decimos, o co­sas como “todo mundo lo está ha­ciendo, vos porque no querés”. y de esta manera menospreciamos a alguien cuya crianza y conducta sea de respetar los límites socia­les para la convivencia o bien sim­plemente se siente lo suficiente­mente capaz como para intentar ser integro.

La integridad no se celebra. Ja­más he visto la portada de una re­vista que diga los diez hombres más íntegros de Honduras. Sin embargo, llevamos más de una década viendo novelas de nar­cos, donde enseñamos su lengua­je, pensamiento y cultura. Así ten­gan un final poco afortunado.

Hoy valores como la fama, ser socialmente aplaudido a cual­quier costo, el poderse jactar de lo que materialmente se tiene, ha venido a nublar el deseo de la ma­yoría, porque ser integro es poco ruidoso. Poco aplaudido. Ser ínte­gro requiere sacrificio. Ser íntegro requiere renunciar a cosas perso­nales por un bien mayor.

Y en esto quiero ser honesto. ¡Cómo cuesta! Soy el pri­mero en la fila que se apunta para reco­nocer lo difícil que es siquiera man­tener un estándar de integridad. Pero déjenme decirle. La corrupción ya no impresiona a nadie. La integridad mar­ca a la gente.

La integridad hace que lo ad­miren y lo sigan. Y deseen llegar a esos estándares. Para ser ínte­gros debemos saber que hay que hacer lo correcto así nadie nos vea y eso incluye, pedir factura, así se­pamos que son impuestos lo que pagamos. Aceptar la infracción de tránsito, así mi tío sea comisario de alguna de las sedes de la esta­ción policial.

Ser íntegro es respetar a los pa­pás. Devolver el vuelto del man­dado. Ser fiel a las amistades. En el mundo de los negocios, con­trario a lo que se piensa, este es un enorme valor buscado por las empresas. De hecho, recomien­do un libro que se llama “Nego­cios a la velocidad de la confian­za”, que habla del como la integri­dad se convierte en un gran dife­renciador que genera lealtad en­tre las empresas que comparten servicios.

Conozco un empresario, cuya edad ronda por los ochenta años, con una de las empresas más gran­des del país, en la cual ya la ter­cera generación incursiona en los puestos claves de la misma, don­de ellos al hacer negocio dicen “ha sido alguien de confianza de papá y por tal razón respetamos el vín­culo de confianza que se tiene”.

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