De la autenticidad de la autoridad – El País

De la autenticidad de la autoridad

21 septiembre, 2019 | 5:10 am | Editorial
De la autenticidad de la autoridad

Podríamos discurrir desde el pen­samiento aristotélico en el senti­do social del ejercicio y sentido de la autoridad, teniendo como par­tes, su concepto en sí y el de corte adminis­trativo. Precisamente Aristóteles decía que el sustento de la autoridad es la comunidad. Esta categoría de análisis no solo responde al control social para alcanzar los objetivos comunitarios, sino que obedece a un ámbito de responsabilidad compartida entre quie­nes ejercen el dominio y los dominados, lo que significa asumir el carácter legítimo de la autoridad por estar sustentado en un pro­pósito común, que conlleva la asunción de mandatos como orientaciones de la conduc­ta plenamente reconocidas por todos. Los mecanismos de participación de los sujetos investidos de mando obedecen al carácter previamente legitimado de sus acciones, en el sentido de responder a una condición so­cial que les da un sustento moral a sus direc­trices de acción, con lo que el actuar concre­to de la autoridad se justifica en la capacidad individual para ejercer las tareas de mando.

Esas delegaciones de autoridad que precisamente en los tiempos y circunstan­cias nuestras, han sido violentadas una y otra vez desde tiempos inmemoriales, don­de los modos de producción son los que dictaban la cadena de mando y su apro­vechamiento personal de algunos en de­trimento de las mayorías desde el sistema esclavista, pasando por todos los modelos como la monarquía, feudalismo, etc.

Siempre a quienes se les delega auto­ridad quedan en la picota del juicio de un pueblo y de la historia. Sus decisiones ten­drán consecuencias y éstas son las tablas de medición de esas gestiones. Sea que lle­guen por vías ortodoxas o no. Por ello el deseo de adorar a los neo ídolos que son el placer, tener y poder. Esto, además tiene que ver con la realidad de la prosperidad que se experimenta hoy en los países desa­rrollados se debe mucho al trabajo y la in­dustria de sus ciudadanos, pero también, seamos realistas, a todo lo que en el pasa­do y hoy de diversas maneras, se ha saca­do de los pueblos más pobres. Pero sin lle­gar tan lejos no es difícil comprender que el sistema económico en el que vivimos no es precisamente el más provocador de pros­peridad masiva, ni procura el bien común.

Ciertamente hoy se vive una situación de precariedad en muchos sentidos. Pero es que, además, nuestra vida aquí tiene fe­cha de caducidad, aunque no esté escri­ta en la etiqueta como en los productos del supermercado. No sabemos de cuánto tiempo disponemos. Por ello es menester afinar la solidaridad y salir adelante en co­munidades sinceras aupados por lideraz­gos auténticos que enseñe el camino don­de nadie fracasará.

Esto es semejante a la historia del admi­nistrador injusto, narrado en el Evangelio. Sabe que va a ser despedido y procura uti­lizar todos los recursos de que dispone pa­ra hacerse con amigos que le garanticen su futuro. Ya se sabe, “hoy por ti y mañana por mí”. Sin ser un planteamiento economicis­ta, simplemente se plantea la situación de un hombre que se encuentra en una situa­ción límite y que es capaz de discurrir lo suficiente como para sacar partido de ella en orden a cubrirse el futuro. Pero a noso­tros nos vale la comparación y no es difí­cil aplicarla al mundo de la economía que tan importante es en nuestra sociedad. Al final a la autoridad se le debe respeto ya que, además, debe ser ejercida para servir y no servirse de ella. Sirva para vivir en ar­monía, ya que mucho la necesitamos.

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