Dimes y diretes entre empresarios y Gobierno – El País

Dimes y diretes entre empresarios y Gobierno

20 septiembre, 2019 | 4:10 am | Columnistas
Dimes y diretes entre empresarios y Gobierno

Héctor A. Martínez
sabandres47@yahoo.com

Una buena parte de los em­presarios de Honduras se han servido, tradicio­nalmente, de los favo­res del Estado, como en cualquier otro país de América Latina.

Esta relación, además de inces­tuosa, es simbiótica: “Apóyame fi­nancieramente para ganar las elec­ciones, y te apoyo dándote la exclu­sividad de compra de tus productos y servicios”. Negocio redondo, y, por redondo, circular, y, en consecuen­cia, cíclico y vicioso.

Por muy incipiente y débil que sea el sector privado en cualquier país, su presencia tendrá un valor utilitario para los partidos y para los gobier­nos. A lo largo de la historia, el sector productivo ha sido pieza clave para el Estado, no solo como imagen de po­der, sino también porque, sin la colec­ta anual de los impuestos, no podría funcionar el sistema público.

Los empresarios ligados al Esta­do se han beneficiado de las exonera­ciones, regalías y las consabidas lici­taciones que han acentuado, en bue­na parte, la corrupción estatal. Esto, sin mencionar las evasiones fiscales de antaño, que se acabaron el día en que el FMI y el BM enviaron tremen­das recomendaciones para que se pu­siera orden en la casa.

Fue Mel Zelaya el que comenzó a mostrarles los dientes y garras a los empresarios, amenazándolos con más tasas y restricciones a las ope­raciones privadas. Y, desde aquellos días de la “Cuarta Urna”, los que le si­guieron en la silla imperial, no se que­daron atrás.

Leyendo los tweets que cruza la ministra de Finanzas con cierto gru­po de empresarios, se puede apreciar el encono entre ambos sectores, aun­que la reyerta tiene su origen en un problema de mercados mundiales, fe­nómeno que ambos sectores ignoran. Ante la desaceleración de la deman­da global y el consabido “bajón” en el consumo, los empresarios no han hecho más que aplicar la lógica de la supervivencia: poner límites al creci­miento, ocupar menos mano de obra y atrincherarse estratégicamente, se­gún diría Michael Porter, profesor de la Universidad de Harvard.

Como las empresas están aplican­do la reducción de los costos, las con­secuencias han comenzado a impac­tar en el empleo, en la disminución del consumo y en las ventas, lo que amenaza peligrosamente la recauda­ción fiscal del Estado. Desmoraliza­dos los unos como los otros, los hom­bres de negocios tratan de aumentar su rentabilidad, y el Estado procura, desesperadamente, recaudar lo que pueda y como se pueda. Es lógico que se peleen: el Estado necesita que las inversiones crezcan, pero los empre­sarios ponen un límite a la expansión, organizacional.

De igual manera, la tensión guar­da un origen ético, los empresarios son seres humanos y muchos de ellos provienen de hogares con un alto ni­vel moral. La corrupción estatal no es bien vista por ese gremio producti­vo, al mismo tiempo que desean ope­rar en una sociedad más o menos ar­mónica. ¿Qué empresario podría ale­grarse de que los recursos se despilfa­rren o que se roben lo que a él le cues­ta producir?

Faltos de conocimientos sobre la situación del sistema mundial y lo enrevesado de los mercados alrede­dor del planeta, a los empresarios y a los políticos les caería bien una bue­na dosis de concordancia sobre te­mas globales, para darse cuenta en qué mundo es el que viven. Así po­drían planificar estratégicamente lo que sobrevendrá en el futuro, y pre­pararse para sobrevivir en medio de este embate global que parece no te­ner fin. Las acusaciones cruzadas no harán sino, empeorar las cosas, y eso resulta peligroso para el crecimiento económico, para la inversión directa y para la legitimidad de cualquier sis­tema político.

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