Los trapos sucios se lavan en casa – El País

Los trapos sucios se lavan en casa

13 septiembre, 2019 | 4:10 am | Columnistas
Los trapos sucios se lavan en casa
Enrique Zaldívar
2050 Comunicaciones

Recuerdo una plática con un colega de publicidad, específicamente en el área creativa, que me pla­ticaba cuanto detestaba a su jefe. Sé que a ciertos niveles esto puede ser normal, ya que no esperamos un jefe inspirador o que sea empático hacia varias situaciones.

Él se refería a las veces que visita­ban un cliente, presentaban una cam­paña y si al cliente no le gustaba, el je­fe no solo comenzaba a darle la razón al cliente, sino que los regañaba en­frente de la comitiva y pedía discul­pas al cliente. Desde luego, nada más humillante que eso. Y entiéndase que la gente que trabajamos en creativi­dad tenemos un ego sensible.

Dicho esto, recuerdo que en una charla de liderazgo el expositor con­tó una anécdota con todo lo contra­rio. Su padre, un comerciante peque­ño tenía una tienda. Dicha tienda te­nía un cuarto fresco llamado “El cuar­to de bananas”.

Para ellos, cuando el jefe llevaba a alguien al cuarto de bananas, era por­que le esperaba una buena sacudida.

Al salir del cuarto de bananas ha­bía un silencio rotundo. Nadie sabía de que se habló. El jefe nunca hacía mención de ello. Y el colaborador era una tumba. Muchas veces salían “des­pedidos” del cuarto de bananas. Y ni se despedían de sus compañeros. Un extremo que tampoco considero re­comendable.

La era digital nos permite expre­sarnos de muchísimas maneras hoy día. Siendo honestos, hasta demasia­do diría yo. Habiéndo gente que pu­blica su vida, cual telenovela colom­biana, donde muchas veces hasta nos quejamos de que no nos comparten “el final” de la historia. Nos dejan pi­cados muchas veces los ingratos.

Uno de los valores, como empre­sario, emprendedor o colaborador sin duda debe ser la prudencia. La pru­dencia me ha permitido ganarme la confianza en muchos ámbitos de mi vida. Ya que algunas situaciones va­liosas, poco o nada deben ventilarse al respecto.

Como asesor, he estado en sin nú­mero de reuniones de equipos de ven­tas o planificación, donde se dicen de todo. Pláticas acaloradas, números que se revisan una y otra vez hasta procurar entender lo que pueda es­tar fallando. ¿Cómo con tanta infor­mación puede uno mantener la pru­dencia?

La clave es la inteligencia emocio­nal. Si uno está en control de sus emo­ciones, está en control de su lengua. Mucho se ha escrito de ello y se dice de cuán difícil es controlar mi lengua. ¡Pero cuan valioso es! ¿Ha herido gen­te con su lengua? Peor aún ¿Lo han he­rido? La libertad de expresión o de co­municación no pasa por ser explosi­vos o poco prudentes.

¡Debemos saber controlar y pen­sar antes de hablar! Después toca pe­dir perdón o decir, “lamento lo que di­je, estaba muy enojado”. Algo, respe­table el hecho de pedir perdón, pero que poco o nada abona a las heridas del prójimo que fue atacado. El valor de la prudencia no es que nunca se di­rá nada. Hay cosas que sí, hay que de­cirlas, pero en un momento oportuno. Bajo circunstancias buenas y tenien­do control emocional de lo que dire­mos. Confrontar a alguien de mane­ra sana, diciendo “creo que tienes la habilidad de mejorar esto y esto”. Sin duda el que recibe el consejo lo toma­rá para bien.

Y aprendamos a saber ventilar en las redes, nuestras propias cosas. Siendo honesto, sus problemas a po­cos de allí van a importarle ¿Por qué? Porque seguramente la gente que de verdad le interese, deben ser amigos cercanos y sin duda usted habla muy seguido con ellos.

El control de las emociones va muy de la mano con la prudencia. La prudencia denota madurez y sabidu­ría. Un valor que hoy día ¡le abrirá muchas puertas!

COMENTA ESTA NOTA