¡Agua! – El País

¡Agua!

6 julio, 2019 | 5:10 am | Editorial
¡Agua!

Nuestro territorio ha sido bendecido con enormes cantidades de ríos y masas de agua dulce que ya quisieran muchos países. Eso condiciona que seamos un país próspero e insigne entre las naciones. El agua, bendito líquido, solvente universal, se ha mermado en nuestro país debido a múltiples factores, siendo el principal la declarada enemistad contra el medio ambiente y la naturaleza, con pérdidas enormes con las quemas que se dan a cada año con una complicidad comprobada de malos ciudadanos en un 98%.

La mala utilización de la tierra con métodos arcaicos de preparación de labranza utilizando el elemento ígneo. No se hacen las respectivas rondas, no se toman las debidas medidas de precaución y se desatan tremendas conflagraciones que devoran de manera literal, grandes extensiones de bosques y que, además, no toda el área resulta aprovechable como tierra para cultivos.
Por otro lado, hay personas que se dedican a la cacería, ya sea deportiva o de sobrevivencia, y en su momento habrán de acampar para pernoctar y hacen las respectivas fogatas que pudieran salirse de control, barbacoas o fogatas mal apagadas, cigarrillos mal apagados y cualquier otra cosa que inicie un pequeño fuego.

Del inventario total de bosques hondureños bosque que existe en Honduras, 2.2 millones de hectáreas de pino y mixto son las más vulnerables a ser incendiados. Los departamentos más afectados son Francisco Morazán, Yoro, Gracias a Dios, Cortés, El Paraíso, Olancho, Santa Bárbara, Intibucá, Lempira, Ocotepeque, La Paz y Comayagua.
¡Los incendios están acabando con los bosques hondureños!, y a nadie parece importarle. El Instituto de Conservación Forestal (ICF) registra al menos dos nuevos incendios cada día y, lo más grave, considera que en su mayoría están siendo provocados por manos criminales.
Sin embargo, cuando escasea o falta el agua, cuando se raciona y cae de nuestros grifos cada tres o cuatro días, en el mejor de los casos, comenzamos a lanzar maldiciones contra la institución que se encarga de distribuirla. Y no es así, la culpa es de todos al permitir esa enfermedad propia de la piromanía y los descuidos a la naturaleza. Siempre hemos sido condicionados a lanzar la culpabilidad a terceras personas cuando vemos en cada viaje que hacemos a lo largo y ancho de nuestro territorio, grandes humaredas o inmensas áreas ardiendo con esa triste luz anaranjada mortecina por las noches.

Además de la merma de fuentes superficiales de agua, sobreviene toda suerte de calamidades como las epidemias, verbigracia el dengue, debido a que el ambiente se convierte en un gigantesco caldo de cultivo para los vectores que transmiten esta y muchas otras patologías. Sumado a ello vienen las crisis migratorias internas en la búsqueda de mejores condiciones, causando además males sociales con las llamadas invasiones sin las condiciones mínimas básicas que cobijen a estos pobladores en función de su dignidad.
El agua es vida, no lo veamos como un eslogan oficialista o un cliché, debería ser el tema central de cada plática en las familias, escuelas y comunidades. Hay que ser responsables, asumir la culpa y ponernos manos a la obra en la protección de las fuentes de agua, denunciar a los incendiarios y que les caiga todo el peso de la ley, ya que eso más parece un crimen de lesa patria.

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