¿Crisis o enfermedad terminal? – El País

¿Crisis o enfermedad terminal?

10 junio, 2019 | 4:10 am | Columnistas
¿Crisis o enfermedad terminal?

Héctor A. Martínez
sabandres47@yahoo.com

Las protestas callejeras lanzadas por la plataforma de lucha que conforman los médicos y los docentes, exigiendo la derogación de los decretos que ponían en peligro el presupuesto y la estructura funcional de ambas secretarías, han sido interpretadas por un sector de la derecha como una crisis pasajera, promocionada con fines de desestabilización del “orden de las cosas”. La militancia de izquierda señala una malsana intención gubernamental de aplicar una reestructuración organizacional que pone en peligro la estabilidad de los trabajadores en ambas instituciones del Estado. Los segundos tienen la razón a medias. Los primeros, defienden lo que creen ser suyo. Los segundos ven, apenas, un árbol en la cartografía del inmenso bosque, sin precisar detenidamente, los misterios guardados en la espesura de éste.

La palabra “crisis” se utilizaba primigeniamente para designar el estado patológico de una persona. Es un vocablo de extracción médica. Significa, en otras palabras, “transitoriedad” o “brevedad”, legitimando un efecto esperanzador para quienes la padecen. Pero, tal como la utilizamos hoy en día, la palabra solapa una tragedia que sobrepasa lo efímero en el tiempo.

La característica primordial de una crisis -económica o social-, es esa fuerza ilusoria que tiende un puente entre la realidad y la ilusión esperanzadora de que alguien, muy poderoso, o una fuerza fortuitamente bienhechora, habrá de resolver los problemas que nos aquejan.

Para el caso, los acontecimientos del pasado como la Gran Depresión de 1929 que duró aproximadamente una década, no guardan similitud con la “crisis” de nuestra época, que lleva ya más de treinta años, y a la que no le vemos esa salida con final feliz. En aquellos días, las cosas se resolvieron con la intervención del Estado a través de la estrategia keynesiana de ofrecer empleo, aunque fuera tapando baches. Hoy, con un Estado sin poder -el poder, en el amplio sentido de la acepción, lo tienen las grandes transnacionales-, no es posible el empleo a los Keynes, porque no hay dónde colocar a las personas: ni en lo público ni en lo privado. Todo lo que se diga de manera contraria, es mentira.

El Estado solo existe como un parapeto que no alcanza a decidir sobre los ámbitos donde la economía mundial opera de manera decidida. El mapa de los negocios globales no tiene fronteras –solamente en los atlas del pasado-, ni poderes paralelos en el radio de acción de los inversionistas mundiales cuyos cuarteles generales no sabemos dónde carajos se ubican. Al contrario, los intereses de las empresas globales sí influyen en las decisiones de los Estados nacionales.

Y los grandes entes financieros como el BM el FMI nos condicionan para que ya no juguemos al despilfarro presupuestario regalando bonos y subsidios, o para reducir un aparato estatal más monstruoso que el esperpento de Hobbes. Ya los gobiernos no deciden más que en “cosillas” reactivas, no estratégicas, porque ya no hay recursos financieros de donde echar mano como antes, más que a través de la expoliación impositiva, lo que agudiza aún más el quebrantamiento empresarial, el desempleo, y, aumenta el enfado contra el sistema político local.

La solución ya no es de política tradicional. O sea, no se trata de una crisis, sino, de una enfermedad terminal que nos mata de a poco. Abrigamos con pocas esperanzas, un replanteamiento de la democracia y una conjunción más armónica entre los actores de los escenarios regionales, para sobrellevar con los analgésicos necesarios, esta dolencia que, sin duda, como dice el sociólogo italiano Carlo Bordoni, tenemos que acostumbrarnos a vivir con ella.

 

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