La psicología del hondureño – El País

La psicología del hondureño

1 mayo, 2019 | 4:10 am | Columnistas
La psicología del hondureño

Héctor Fortín

En la semana que acaba de terminar se dio en el Congreso Nacional un acontecimiento lamentable, un duro golpe a la ética y un rechazo a las normas sociales. Los llamados “padres de la Patria” mostraron su animalidad. Parece que la inteligencia de nuestros diputados padece de un eclipse eterno, sin que pueda brotar un relámpago de lucidez; actúan mediante el ministerioso mandato del instinto sin intervención de su voluntad y de su conciencia, quizá estimulado por un pasado inmemorial que los obliga al acto cobarde de la agresión y del insulto, este acto esta prefijado por la costumbre y la genética heredada de sus progenitores.

Dicho comportamiento es aliciente para los vagabundos de sus seguidores y de sus almas sedientas de venganza y tal vez para algunos imberbes que asientan su conducta en las arenas movedizas de la estupidez; sufriendo el rechazo para quienes sienten la necesidad de una reforma íntima y que van en la búsqueda de la promesa dichosa y regeneradora de una vida virtuosa. Sinceramente creo que son pocos. Pedirle al vulgo que ejerza el sufragio para que las personas inteligentes lleguen a tomar un curul en el congreso, es pedirle peras al olmo, primero porque el hondureño ignora que somos sujetos de una determinada comunidad histórica y cultural. No sabemos que somos sujetos que nos define y da personalidad ese algo que somos hondureños. De ahí cuando nos enfrentamos a otro grupo de hombres de otras culturas diferentes a la nuestra, nos escabullimos dejando únicamente la sombra de nuestras actitudes, pero no lo que somos, refugiándonos en un supuesto sentimiento de inferioridad, resentimiento, insuficiencia, hipocresía y cinismo, volviéndonos aduladores y admiradores de quienes nos someten y nos hacen esclavos de sus intereses.

Por el bajo grado de escolaridad el hombre hondureño no puede pensar en abstracto, porque trabaja para subsistir el día a día, su pensar es concreto. Por eso busca un líder o caudillo que encarne sus aspiraciones y que le prometa solucionar sus necesidades cotidianas, solo así puede sentirse alguien, sin percatarse que en Honduras se da la paradoja, que el caudillo reverenciado por el rebaño se vuelve esclavo de la camarilla de su partido, pero especialmente los diputiteres de Libre, se vuelven aduladores de la familia Zelaya.

Los estallidos de violencia en el Congreso nos deberían hacer la pregunta sobre sus orígenes, motivaciones y consecuencias, aun sabiendo que la violencia siempre ha estado presente y que siempre la hemos ejercido, siendo honestos todos los hondureños la padecemos de alguna manera. El hondureño tiene por naturaleza una conducta agresiva aunque sea solo como un concepto descriptivo más que valorativo, siempre en nuestro medio la agresión casi exclusiva del que se siente poderoso, como la clase política y la rica son más propensos a agredir, acometen al pobre para causarle daño físico, psicológico y verbal especialmente el rico, adaptan modalidades distintas de la acción motriz violenta y destructiva, el político de brindarle ayuda a las mayorías y el rico poderoso con la agresión simbólica casi permanente como la ironía.

En Honduras, en nuestra sociedad la violencia es acepta, normalizada y legitima en estas formas destacan la violencia institucional, la social y cultural llegando al extremo de pasar desapercibida por la mayoría. Ejemplos son el castigo corporal en el hogar y la escuela, el racismo y la pobreza; en nuestra sociedad la violencia se ha vuelto una actividad organizada tanto individual como colectiva.

Pienso que la violencia es innata en el hibrido hombre hondureño y la elite dominante la refuerza, siendo que el instinto de herencia es parte de nuestras funciones hormonales o de funciones cerebrales producto de nuestro mestizaje y un veinte por ciento, un producto social. Por eso el rasgo y la diferencia específica del hondureño es el estancarse y olvidarse del poder de transformarse y renovarse; el hombre hondureño es dogmático y escéptico, y esas son las fuerzas que conspiran para retenerlos en un estado inferior, tales como el sufrimiento, la culpa, la ignorancia, la esclavitud y el miedo.

El dogmático cree que los cambios son fáciles como el más famoso toque de pincel o como si el sublime día es producto de su soberana voluntad, volviéndolo enemigo de toda suerte de sacrificio y son dueños de una idea votiva huraña e inmutable. El escéptico deja campo al juicio de vagabundear, muestra su ausencia de personalidad y el signo de incapacidad en no creer en el cambio. Para ser diputado deberían por lo menos saber leer y como requisito haber leído unos cien libros.

¿Será mucho pedir?  

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