Un periplo fantástico – El País

Un periplo fantástico

26 abril, 2019 | 2:10 am | Columnistas
Un periplo fantástico

Héctor Fortín

Por una gentil invitación de un amigo poeta, recorrí las viejas calles del barrio donde viví mi infancia, la nostalgia hizo acto de presencia y zalameramente empezaron a caer las piedras sobre el techo de mi viejo cerebro, me mire con mi cabeza de ángel cubierta de negros cabellos sobre mi frente, quizá no inteligente, pero muy sensible y como verdadero representante de los hijos de mi patria ¡ah! Recuerdo fiel de aquel tiempo de desazón y miseria, aquellos interminables días encerrado en aquella casa de caña y barro, donde tuve tiempo para leer los escritos de la antigüedad; los clásicos, griegos, latinos, franceses e ingleses, alemanes y como olvidar los italianos y españoles; donde encontré los tres poderes, (filosóficos, oratorios e históricos). Quizá la saciedad precoz que desalojo la flor más pura de mi niñez, haya sido la causa del viraje decisivo de mi vida, confieso que he estado alejado de la felicidad y distanciado de la fortuna, pero también aprendí desde niño que nada era mío, ni de mis antepasados, ellos no tuvieron nada ni el pedazo de tierra donde hoy se pudren. ¡Y nos siguen llamando hijos y dueños de la patria!

Se sabe que la sociedad, señala el camino a seguir, tal vez sea cierto para las mayorías, pero siempre he buscado un atajo para sentirme libre; lejos de esta sociedad que enseña, el odio, el miedo y la sumisión. Los psicólogos han formulado la teoría sobre el aprendizaje social por medio de la experiencia directa o por la observación; en nuestra infancia somos sometidos por la férrea dictadura de nuestros padres y de los maestros, provocando la sumisión de nuestro carácter, dejándonos como fáciles presas de la manipulación psicológica del poder, ese carácter sumiso nos quita la confianza dejándonos más solos, aislados y atemorizados esta frustración se refleja en la expresión y la pérdida de lo sensual y la continua amenaza de nuestra existencia individual, al final nos prepara para experimentar un sentimiento de hostilidad y resentimiento; es que la represión directa de nuestras pulsaciones puede hacer muy poco, aunque durante mucho tiempo las pulsaciones se queden soterradas, tarde o temprano volverán a la superficie en forma retorcida.

Por eso en este mundo social de previsiones de enlaces establecidos maquinalmente es imposible que surja la individualidad, porque dentro de este criterio de cálculo y estadística, no interesa el individuo pensante, sino el hombre masa para realizar determinada tarea, su única seguridad es el número que le corresponde en los cálculos de los políticos, es decir es el número justo que le faculta para ejercer el sufragio cada cuatro años; para luego continuar en la anarquía y en la inseguridad plena e irresponsabilidad en la que vivimos y por eso estamos propensos a caer ineludiblemente en la voluntad de un caudillo, que se aprovechara del complejo de inferioridad, de los complejos sumergidos y del resentimiento para someternos.

El carácter agresivo del hondureño se manifiesta en el continuo rechazo de las normas sociales, éticas y jurídicas; en este nuevo siglo va en aumento y va adquiriendo nuevas formas, podemos apreciar la toma de nuestras calles, por los buhoneros, esta forma de violencia es tan compleja, trágica, intensa y devastadora para el transeúnte; estos señores actúan en forma agresiva y de manera hostil contra el peatón, mostrando su voluntad de poder por medio del grupo, tratando a los demás ciudadanos como simples objetos, que deben de utilizar para conseguir sus metas.

Los conductores, el comerciante el industrial, la ama de casa, los maestros, etc. Muestran a diario la conducta violenta, como producto de la homogeneización que ha hecho la educación, enseñando que el mundo es malo deshumanizado y violento.

En nuestra sociedad se estimula la posesión y se desdeña el espíritu creativo; dándole honor, poder y respeto a la riqueza; más bien que a la sabiduría, consagrando la injusticia de los que tienen para con los que no tienen.

Por ultimo pasamos por la escuela donde curse mi primaria ¡Perdón la casa de los Ogros! Quizá ese recuerdo me sirva de catarsis. Le pregunte al poeta. ¿Por cuánto tiempo seguiremos en la estación, esperando el tren y al conductor, que nos lleve al desarrollo y la libertad?

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