Los feudos en el Estado – El País

Los feudos en el Estado

12 febrero, 2019 | 4:10 am | Columnistas
Los feudos en el Estado

Héctor A. Martínez
sabandres47@yahoo.com

Oara realizar un trámite personal, en cualquiera de las instituciones estatales, los ciudadanos deben contar con dos virtudes: la de la paciencia y la del dominio de las pasiones. Por trámite entendemos la adquisición de permisos, licencias, pagos, devoluciones y ascensos de puestos laborales. La razón fundamental de la demora estriba en las operaciones que transitan transversalmente en secretarías e instituciones autónomas y no autónomas: la de los feudos y las oligarquías feudales, es decir, los pequeños círculos de poder que se ensamblan por afinidad y conveniencias en ese Leviatán, o en ese “imperium” como bien le ha llamado al Estado, el filósofo liberal Bertrand de Jouvenel.

¿Cómo se comprende la lógica y la racionalidad de la tramitología estatal y qué razones ligan esta enredadera estructural a la conformación de los grupúsculos de poder que menos que servir, joroban la vida de los ciudadanos honrados que buscan la comodidad y la eficacia en sus transacciones? La primera razón: la rigidez de la ley o el reglamento. La idea original de la ley es buscar la sistematización de los acuerdos sociales para que los humanos encuentren el respaldo que les ayude a sobrellevar la vida en buena lid. En el Estado, los preceptos establecidos en los códigos y manuales terminan estrangulando el flujo de las transacciones, al extralimitar los requisitos que se consignan en la norma. Factores como horarios, tiempos de entrega, documentos necesarios, edad, sexo, etc., por mencionar algunos, si no están consignados en la ley, el proceso puede quedar anulado. Sólo hay dos colores, el blanco y el negro: “Si llegas un minuto tarde, vuelve mañana, no importa de dónde diablos vengas, no te consentiremos” o “te hacen tres documentos más, ve a conseguirlos y vuelve a hacer cola”.

El otro factor es la concepción que del tiempo tiene el burócrata: el año en las dependencias estatales puede llegar a tener 24 meses y la semana hasta 30 días, aunque el calendario institucional especifique otra cosa. La dilatación del tiempo nunca tuvo tanto sentido y valor como en los servicios estatales.

El tercer factor es la idea de los costos: para el “servidor” público, el Estado tiene tanta plata que puede darse el lujo de repetir, las veces que sea necesaria, una transacción. Un paso del proceso puede repetirse las veces que se le antoje al director, jefe o gerente, utilizando una ingente cantidad de recursos en viáticos, papeleo, gastos de representación, puestos improductivos y controles innecesarios. Los “managers” en el Estado ignoran que el tiempo tiene un valor y un costo.

Estos tres factores actúan a manera de molde o formato que se aplica a la naturaleza de la institución, según sea su naturaleza y rubro; lo que cambia son, los nombres de las instituciones y los miembros de esos minúsculos poderes que se anidan en ellas. Pero el ejercicio es el mismo – estandarizado, eso sí, como si se tratara de una norma de calidad tipo ISO-9001.

Pues bien: esos tres factores hacen imposible el sueño de Rousseau de disponer el Estado al servicio de los ciudadanos. En nuestras tierras se rompe el pacto social.

Consciente de ello, el burócrata directivo establece su pequeño feudo junto a su equipo de allegados: la rigidez de la ley le impide salirse de la moldura, pero también en ella concreta su maldad. Si sumamos el factor tiempo, la transacción puede durar un día o un año. Y de los costos, ni hablar: mientras no aparezcan en el presupuesto, el señor o la señora feudal pueden decidir cuándo, dónde y a quién beneficiar. Todo ello termina tutelando la famosa corrupción estatal ¿No radicará en este adefesio la ruptura entre la sociedad civil y el Estado? ¿No será que estos conciliábulos estatales son los que han puesto en declive la potencia de la democracia y no el gran Poder del Estado?

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