Zopilotes – El País

Zopilotes

10 enero, 2019 | 4:10 am | Columnistas
Zopilotes

Mario Cálix M.
calixmelendezhn@gmail.com

Esa mañana, nunca se imaginó aquel par de ancianos galleros, que un zopilote decidiera suicidarse encima del tonó del carro Toyota Land Cruiser, doble tracción, de dos puertas, mientras se conducían a otra ciudad a participar de una pelea.

Rufino, hombre trigueño, delgado, alto, durante la dictadura cariísta logró el cargo de jefe en varias delegaciones del departamento de Yoro al ser recomendado por uno de los comandantes de armas de esa región, con quien le unía una familiaridad muy cercana. Hizo dinero lo invirtió en una sala de cine, una abarrotería, una decena de caballos, ganado vacuno; además poseía una cancha de gallos y un salón de baile, en una aldea de la zona.

Era un hombre sin temor al peligro. Muchos campeños de la bananera y aldeanos de la zona fueron a parar a la cárcel del lugar por dar vivas al partido liberal, después de recibir una gran paliza y golpes en el pecho con los rifles de los guardias. Otros por escándalo público o por ofender al dictador con sus gritos. Se aficionó a la lotería y al haber ganado algunos enemigos, partió de la última aldea en la que residió para el pueblo cercano y, a los cinco años, de éste a la capital.

Radicado en la capital, todos los sábados iba a la cancha de gallos de Loarque a jugar, apostaba al que más le gustara pues no tenía ninguno propio. En el pueblo, cada mañana sacaba una decena de gallos a tomar sol en la calle de enfrente de su casa, a los que alimentaba con maíz molido y chile bravo. Al partir todos los vendió o regaló.

Tenía más de 70 años cuando partió a la capital, delgado, caminaba medio de lado por cargar pistola camiseada durante muchos años. Allí hizo buenos amigos, correligionarios y galleros, se sentía como pato en el agua.

Un sábado con un amigo gallero partió hacia Comayagua, donde se celebraba un encuentro de galleros de todo el país. Ambos ancianos: Rufino y Ruperto, partieron alegres esa mañana, ansiosos de divertirse en lo que más les gustaba en la vida.

A la altura de Las Flores -era la época de los desaparecidos- escucharon un ruido que semejaba el vuelo de un avión Jet y que se sentía más cercano cada segundo, cuando les sobresaltó la caída estrepitosa de un zopilote sobre el tonó del automóvil, quebrando el vidrio delantero, abollando el tonó y asustando a los gallos que iban envueltos en lonas en los asientos traseros. Ruperto casi pierde el control de volante del carro, al que detuvo a la orilla de la calzada, para sobreponerse. El zopilote decidió suicidarse esa mañana, como acostumbran cuando están muy viejos e inútiles, lanzándose sobre grandes rocas.

Poco después del percance, ambos galleros continuaron su camino. Al regreso fue imposible poder circular a más de 10 kilómetros por hora, pues esa noche cayó un gran aguacero en todo el trayecto, pero a ambos se les veía felices.

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