Caravanas - El País

Caravanas

3 noviembre, 2018 | 4:10 am | Columnistas
Caravanas

Mario Cálix M.
calixmelendezhn@gmail.com

Siempre hubo caravanas, aunque distintas a las de los migrantes que cruzan las fronteras de Guatemala, México para llegar a EEUU, creyendo que allí encontrarán una vida mejor sin mayor esfuerzo, lo cual no es así.

Una acción titánica fue el ingreso al suelo estadounidense en el siglo XVII por parte de miles de europeos agobiados por la persecución religiosa, el pago de impuestos y la escasez de mano de obra de los campesinos. Luego fue que la colonización del lejano Oeste, emprendida por miles de europeos asentados ya en suelo gringo. En los caminos recorridos por las carretas de las numerosas caravanas quedaron las cruces de los muertos. Posteriormente, se acrecentó eso cuando se descubrieron vetas de oro en California. Eso solo en nuestro continente.

Hubo tiempo en que no se necesitaba visa estadounidense ni cédula hondureña -no existía- para ingresar los hondureños al país del norte, al poco tiempo de instalarse las bananeras en nuestro territorio, situación que continuó hasta la década de los cincuenta del siglo pasado.

Los hondureños que querían viajar a Estados Unidos se iban de gratis en los buques de la United Fruit y de la Standard Fruit, sea de Puerto Cortés, Tela o de La Ceiba. A principios de los setenta del siglo XX residían en Nueva Orleans más de 60 mil ceibeños, migrantes o hijos de éstos que ingresaban directamente a ese puerto o por Baton Rouge, sitio de atraque de los camaroneros de Islas de la Bahía. Muchos iban a pasear y otros a quedarse.

Hasta la década de los noventa del siglo mencionado, los hondureños comenzaron a irse caminando por veredas, soportando el inhóspito clima, la bestia y maltrato de los policías guatemaltecos y mexicanos que exigían el pago de mordida por hacerse los locos y permitir el paso. Luego surgieron los coyotes nacionales que cobran entre cinco y diez mil dólares por conducir a su víctima al “paraíso”.

Después del paso terrible del huracán Mitch, el ingreso a territorio norteamericano se tornó más difícil, aunque algunos coyotes locales lograban su objetivo. En cierta ocasión, una conocida mujer de este lugar, con un peso de más o menos 350 libras que anunció a sus amigos que partiría hacia el norte con un coyote. Varios amigos apostaban altas sumas de dinero asegurando que no llegaba caminando o atravesando las vicisitudes del clima -desiertos- y de las policías de Guatemala y México. Al mes siguiente llamó por teléfono a sus amistades que se encontraba con sus familiares en Los Ángeles, California.  Ingresó por avión desde México, sin visa. Ahí vive ahora.

Con el surgimiento de las caravanas actuales solamente hay una explicación: la crisis socioeconómica, acumulada en los últimos treinta años, ha llegado a hacer explosión. Los gobiernos no se han preocupado seriamente a atender o apoyar a los productores del campo -ganadería y agricultura especialmente-, no han podido evitar la especulación de los precios de la canasta básica,  servicios públicos, insumos agropecuarios y la desmedida alza en los costos de artículos de parte de la industria diversa ni promover el empleo masivo.

 

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