El fin del mundo – El País

El fin del mundo

11 junio, 2018 | 12:10 am | Columnistas
El fin del mundo

Mario Cálix M.
calixmelendezhn@gmail.com

Por cualquier incidente noticioso fuera de lo normal, en el cual la conducta del ser humano es vista como innatural o fuera de serie, los agoreros religiosos y fanáticos católicos y protestantes, in­mediatamente vaticinan el fin del mundo.

Eso no es nuevo. Para el 31 de diciembre de 1958, se esperaba el fin del mundo. En el campo bana­nero, Calpules, diariamente decenas de campe­ños salían a sus labores, portando ropa de azulón manchada por la savia de las matas de banano, por­tando en sus hombros los instrumentos de trabajo -machetes, escaleras, cabuyas, chanchas y palas-. Partían en grupos desde las 6:00 de la mañana y regresaban entre 5:30 y 6:00 de la tarde.

Generalmente, en la tarde de los sábados, la ma­yoría partía hacia las dos aldeas cercanas donde existían cantinas y solapadas prostitutas. Por lo ge­neral, pasaban la noche del sábado y regresaban el domingo en horas de la tarde. Ante el consumo de alcohol, a menudo se producían enfrentamien­tos, en su mayoría utilizando sus machetes de pa­sear- envainados con crucero en la empuñadura-. Las armas de fuego eran escasas, pues la Policía mantenía control absoluto sobre ellas para evitar que los militantes del partido de oposición se le­vantaran en armas.

Igual acontecía en los demás campos banane­ros de la empresa extranjera dedicada a ese rubro más de 20 años atrás al instalarse en el valle, poco después de que la otra paisana levantara sus rie­les a mediados de la década de los 30, con el visto bueno del gobierno de turno.

Los sábados -día de pago- llegaban religiosa­mente: negociantes del pueblo cercano a cobrar por los artículos que habían dado al crédito. Chi­viadores portando una pequeña lona y los dados en las alforjas que colgaban de la montura de los caballos en los que se transportaban, prostitutas del pueblo o de las aldeas cercanas que daban su servicio utilizando como colchón las hojas secas de guineo. Vendedores que ofrecían desde focos de mano hasta telas de casimir inglés a prueba de fuego. Mujeres vendiendo pan en grandes canastas de mimbre y las morenas ofreciendo pescado frito, nances, hicacos, pan de coco y cazabe que porta­ban sobre sus cabezas dentro de sacos y canastas.

Nadie supo quien trajo la noticia de que el mun­do se acababa esa noche de fin de año. Del pueblo la trajeron y, de inmediato, las mujeres se dedica­ron a hacer grandes cantidades de pan, café, a freír carne de cerdo y asar la de res. Se les metió diésel a los candiles y los de mayor solvencia, alistaron sus quinqués. Todos se dedicaron a rezar. No ha­bía protestantes en ese tiempo.

Amaneció el 1 de enero del siguiente año, sin que pasara nada. Hombres, mujeres y niños ama­necieron desvelados y roncos de tanto rezar, mien­tras un sol radiante les alumbraba.

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