La otra capital – El País

La otra capital

7 junio, 2018 | 4:10 am | Columnistas
La otra capital

Mario Cálix M.
calixmelendezhn@gmail.com

La capital actual no es la mis­ma de hace cuarenta y cin­cuenta años y, más que to­do su gente: ahora incivili­zada, deshumanizada, poco solida­ria y estresada.

Es lógico; el crecimiento pobla­cional, descontrol urbanístico y, un tipo de migrante masivo del inte­rior, completamente distinto al de esos tiempos.

Hubo alcalde que se dedicó a pro­piciar la migración rural al ofrecerles techo, piso de cemento y apoyo pa­ra mejorar la infraestructura de sus covachas, sin dotarles de servicios públicos.

De todos lados vinieron miles de familias, aprovechando las vías pa­vimentadas, para levantar casuchas en el derecho de vía, en los desfila­deros y hondonadas; desaparecieron los pocos arbustos de los cerros, sea por consumo de leña o por los incen­dios provocados en cada verano.

A principios de los setenta, pequeños buses de fabricación alemana -de dos puertas- trasladaban a centenares de pasa­jeros de un extremo a otro de la ciudad -a un costo de diez cen­tavos-, sentados to­dos: las mujeres bien vestidas, los hom­bres, de traje y cor­bata -de chaleco los conserjes, laborantes en el sector público o privado-, mientras el ayudante gritaba a todo pulmón el des­tino de la respectiva ruta. Los ladrones eran conocidos y controlados por la policía. Había per­manente movimiento cultural: música, teatro, cine interna­cional, exposiciones de pintura y otros. Se creó el ministerio de Cultura, hoy desapa­recido.

La migración rural, en ese enton­ces, estaba conformada en su mayo­ría, por centenares de jóvenes que ve­nían a cursar estudios de media y su­perior en la UNAH, Escuela Superior del Profesorado o escuelas normales (varones y mujeres). El número de au­tos no era caótico. Por la calle se salu­daban los vecinos, estudiantes y cono­cidos de cara. El saludo cordial era ca­racterístico de los capitalinos. Respe­tuosos de las normas urbanísticas: dar el asiento a los mayores o a las muje­res, el rincón de la acera a los de ma­yor edad y el paso a los peatones por los automovilistas.

Hoy, el automóvil es una necesi­dad y, no un lujo; por la inseguridad prevaleciente en el servicio de trans­porte público sin control policial. Hay más carros que gente. No hay aparca­mientos públicos -de bajo costo-. Los negocios cobran alta tarifa por apar­car en los mismos locales donde van sus mismos clientes. En las colonias no hay parqueos para los mismos ca­rros de los propietarios y residentes y, si éstos tienen garaje, no los usan. Los carros los dejan en la orilla de las ace­ras, causando un despelote que nin­guna autoridad busca resolver. Cada quien busca resolver su problema sin importarle que deja “trancado” a los demás. Es un incivilizado, poco soli­dario con sus semejantes.

Esa es la clase de ciudadano que ha surgido en la capital en los últi­mos 30 a 40 años. No sólo es descen­diente del que otrora vino a estudiar y se quedó en la ciudad, sino de las oleadas que vinieron atraídos por la luz eléctrica, unas láminas de cala­mina y piso de cemento que se les ofreció demagógicamente. Vale ex­cepción a la regla.

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